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TREKKING DEL EVEREST: VALLE DE KHUMBU.

30 Dic 09    Cuadernos de viajes    Enrique González    Sin comentarios

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Jadeando ascendemos entre grandes bloques los últimos metros. Atrás quedan 7 días recorriendo valles, atravesando pueblos sherpas, visitando monasterios budistas y compartiendo camino con las caravanas de yaks cargadas de mercancías. Al fin tenemos frente a nosotros el Everest, la cima del mundo.

Año tras año miles de aficionados a la montaña visitan Nepal para caminar hasta los pies del Everest. Unos diez días de trekking a través del valle de Khumbu nos harán entender que este trekking es mucho más que volver a casa con unas magníficas fotos del Everest. Nos adentramos en un mundo donde las distancias se miden en jornadas de marcha, los días laten al ritmo del Sol y la Luna. Tradiciones centenarias perviven en estos altos valles, hogar del pueblo sherpa. Para conocer estos remotos rincones del mundo es necesario cambiar nuestra percepción del viaje. Para llegar hasta allí es preciso caminar; serán nuestras piernas las que nos lleven de un pueblo a otro, de los valles a las cumbres, de nuestro mundo diario de asfalto y humos hasta este otro donde la naturaleza lo ocupa todo, un mundo donde el tiempo e incluso nosotros mismos parecemos cobrar otra dimensión.

RUMBO AL VALLE DE KHUMBU.

Mientras nos acomodamos en la estrecha avioneta Twin Otter, una joven azafata nepalí nos ofrece unos algodones y unos caramelos. Entre sorprendido y entusiasmado acepto ambas cosas sin saber muy bien el uso que les acabaría dando. La chica viste el clásico vestido sherpa, la compañía aérea se llama Yeti Airlines y mis compañeros de viaje sostienen mochilas sobre sus regazos. No cabe duda: nos vamos al Himalaya.

Se encienden los motores de la avioneta e inmediatamente entiendo lo útiles que me serán los tapones de algodón que metí en alguno de los muchos bolsillos de mi pantalón de trekking. Despegamos.

Katmandú parece una maqueta desde el aire. A nuestros pies quedan las estupas budistas, el río y las bulliciosas calles. Desde las alturas el mundo se hace pequeño y grande a la vez. Los senderos aparecen como finas líneas trazadas sobre los valles y las crestas. Las casas se ven diminutas desde el aire. Como pequeñas hormiguitas distinguimos a las personas trabajando en el campo; unos niños corren con una cometa y hay ropas puestas a secar sobre las piedras en la ribera de un río. Es un mundo en miniatura sobre un escenario de dimensiones desmesuradas. Las laderas se precipitan para ahogarse en ríos que corren furiosos a sus pies. El más pequeño salto de agua cae cientos de metros. Sobrevolamos paisajes de colinas verdes, pequeños minifundios y minúsculas poblaciones donde se vive al son del monzón y las cosechas.

A pesar de los tapones en los oídos y del zumbido de los motores, las exclamaciones de los viajeros te hacen girar el cuello a izquierda y derecha buscando las montañas que se recortan sobre el horizonte; tras las ventanas de plástico de la avioneta se eleva al Norte la cordillera del Himalaya. Las cámaras digitales retratan las enormes masas de roca y hielo que jalonan el camino hasta Lukla.

EL AERÓDROMO DE LUKLA.

Pronto dejamos de prestar atención al paisaje que nos rodea. Al frente vemos un enorme barranco y sobre él unas casas. Entre éstas alguien señala la pista de aterrizaje de Lukla. Ésta no es más que una delgada línea de asfalto sobre el único lugar posible en muchos kilómetros a la redonda. Las parejas estrechan sus manos, los amigos se miran con cierta inquietud y los viajeros solitarios simulan tranquilidad; sólo la azafata nepalí mantiene el mismo gesto sonriente y tranquilo desde el inicio. Algo de traqueteo, un poco de sudor frío y un regusto a miedo en la boca  al tomar tierra pero ya estamos en el suelo. Agradezco ahora el caramelo que me dieron al principio del vuelo.

Lukla se encuentra a unos 2.800 m. de altura y es el inicio del trekking del Everest. Podemos llegar hasta aquí en avioneta o caminando unos 5 días desde la población de Jiri. Lukla es una urbe en términos himaláyicos. El pueblo se extiende más o menos un kilómetro en una franja de terreno donde la ladera de la montaña pierde verticalidad. Lukla es el punto donde se concentran los porteadores que buscan trabajo durante la temporada de trekking. Con su trasiego de gentes y mercancías, tiene cierto aire de ciudad portuaria.

NAMCHE BAZAR. LA CAPITAL DEL PUEBLO SHERPA.

Comenzamos nuestro camino hacia el norte. El desarrollo del valle de Khumbu ha sido extraordinario en los últimos 20 años. Este primer día de trekking nos da la sensación de caminar en una especie de Suiza asiática. Pequeñas casitas locales, llamadas lodges, salpican todo el recorrido. Cuidados jardines, macetas con flores exuberantes, terracitas con mesas y sillas nos tientan continuamente para hacer un alto en el camino. Estos lodges se encuentran a lo largo de todo el valle de Khumbu y cuentan con habitaciones para los trekkers. También ofrecen comidas, si bien el precio y calidad de los distintos servicios varían enormemente de unos a otros. Según ascendemos y nos alejamos de Lukla, estos alojamientos son cada vez más precarios. En casi todos podemos contar con una ducha,  o sea, un cubo de agua caliente en una garita de madera. Las habitaciones suelen ser dobles con camastros sobre los que dormiremos usando nuestro saco.

En un  par de jornadas llegamos a Namche Bazar, la capital del pueblo sherpa. Es un pueblo que trepa sobre un empinado valle en forma de hoz y que conforma un enorme anfiteatro en cuyas gradas se desparrama esta mini urbe del Himalaya. Frente al pueblo, como si de un gigantesco escenario se tratara, se levantan empinadísimos los muros inferiores del Kwangde, por los que vierten cascadas de más de mil metros de caída que en invierno se convierten en verticales ríos helados. Hacia el noroeste se abre el valle de Bhote Kosí, el cual muere en un alto collado de montaña que separa Nepal de Tíbet: el Nagpa La. Este valle constituye una ruta comercial usada por los mercaderes tibetanos que, con sus caravanas de yaks,  cruzan desde las planicies tibetanas a Nepal para vender sus mercancías los sábados en  Namche. Es un mercado pintoresco donde abundan los clásicos productos de estridente estética china: palanganas, mantas de colores imposibles, tenedores, vajillas de plástico decoradas con chillones motivos florales… un “todo a cien” en el Himalaya.

El Valle del Bhote Khosi fue también la ruta escogida por los sherpas para abandonar el Tíbet hace unos 500 años y asentarse en el Valle de Khumbu, donde encontraron un clima mucho más benigno y una tierra con muchas más posibilidades para el cultivo. Los sherpas provienen del este del Tíbet; de hecho, etimológicamente, la palabra sher-pa nos refiere a su origen: sher, quiere decir Este y pa, gente.

El valle de Khumbu es la casa del pueblo sherpa y fue a principios del siglo XX cuando se produjo una nueva emigración desde Khumbu hacia Darjeeling, en el noreste de la India. Esta población llegó a ser la tierra prometida para muchos sherpas humildes del valle de Khumbu. Darjeeling, famosa en todo el mundo por su excelente  té, se convirtió en el punto de partida de muchas expediciones de montaña y también en el centro de reclutamiento de porteadores para las mismas. Fueron multitud los sherpas jóvenes que decidieron meter todas sus pertenencias en un hatillo y emigrar en busca de trabajo en el incipiente mundo de las expediciones alpinas. Entre estos jóvenes estaba Tenzing Norgay, un chico larguirucho, criado en el Tíbet, llegado a Khumbu para buscarse la vida y sin experiencia alguna en la montaña. La ambición y el trabajo de este humilde bracero tibetano le llevaron a convertirse en 1953 en el primer hombre, junto a Sir Edmund Hillary, en poner el pie sobre el punto más alto de La Tierra.

VIVIR BAJO LAS ALTAS MONTAÑAS.

Abandonamos Namche Bazar y apenas hemos ascendido unos 450 metros cuando nuestro viaje comienza a tomar realmente sentido. Una meseta de unos 2 kilómetros de largo se extiende sobre la capital del pueblo sherpa. Para los que estamos acostumbrados a movernos por las montañas españolas y europeas nos es difícil captar las dimensiones del escenario que ahora observamos. Al Norte, en un arco de 180 grados, se muestran algunas de las montañas más bellas del mundo: Amadablam, Tahmserkus, la imponente muralla que enlaza el Lhotse con el Nuptse al fondo y, tras ésta, la cima piramidal del Everest. Este punto constituye un mirador extraordinario para situarnos y comprender de dónde venimos y a dónde vamos; los días de camino darán una respuesta geográfica –y para algunos personal- a esta cuestión.

Nepal es un país que está en las montañas. Y las montañas de Nepal están habitadas hasta alturas considerables. Lo que para nosotros representa una jornada de trekking es el recorrido  diario de un niño al colegio o el trayecto que una madre realiza para ir a visitar a su hija. Compartimos camino con porteadores, con monjes budistas que peregrinan a escondidos monasterios, con comerciantes tibetanos que conducen sus caravanas de yaks y, por supuesto, con otros turistas. La vida fluye con normalidad en los altos valles de Nepal; la gente trabaja el campo, los pueblos se suceden, los niños van a la escuela. A muchos días de camino de la carretera más cercana, una sociedad vive sumergida en su rutina diaria. Todo este collage de monjes, mercados, yaks, sherpas, monasterios, etc., nos seduce tanto como el magnífico escenario de roca y hielo que nos rodea.

LA ESCUELA DE KHUNJUNG

Bajo el Kumbila, una montaña sagrada para los sherpas, encontramos la escuela de Khumnjung. Dicha escuela se halla en una amplia explanada a la entrada del pueblo. El barullo de un patio repleto de niños se esparce por el valle. Una botella de oxígeno, abandonada por alguna expedición, hace las veces de campana para anunciar el fin del recreo. El maestro golpea sucesiva y rítmicamente la botella y el caos que presidía el patio se transforma en una sucesión de niños en filas perfectamente ordenadas. Esta escuela de Khumnjung, como otras  en el valle, fue fundada por Sir Edmund Hilary, quien, tras alcanzar la cima del Everest, consagró gran parte de su vida al desarrollo y las mejoras en la calidad de vida del pueblo sherpa. Aunque este neozelandés universal, cuya imagen aparece en los billetes de cinco dólares de su país, murió hace unos años, su nombre sigue siendo y será respetado por siempre entre la comunidad sherpa.

EL MONASTERIO DE THYANGBOCHE

Las enormes montañas continúan atrayendo nuestras miradas y las cámaras fotográficas trabajan de sol a sol. Al llegar al monasterio de Thyangboche, uno no puede evitar girar sobre sí mismo una y otra vez para maravillarse del entorno. Picos de más de seis mil metros se levantan directamente sobre nuestras cabezas. Las cumbres derraman enormes cascadas de seracs que se sostienen en milagroso equilibrio. El monasterio permanece tranquilo bajo la mirada de estos colosos. Thyangboche fue fundado en 1923; en  1933 sufrió un terremoto que lo destruyó casi por completo, fue reconstruido y en 1989 un incendio acabó con gran parte del monasterio original. Afortunadamente volvió a levantarse una vez más y hoy en día podemos disfrutar de este magnífico lugar y de los rezos de los monjes al amanecer y al atardecer.

KALA PATTAR: A LOS PIES DEL EVEREST

Hace ya días que marchamos en la frontera de los cuatro mil metros; la altura es el enemigo invisible ante el que nunca hay que bajar la guardia. Caminar muy despacio y una buena hidratación (5 ó 6 litros de líquido al día) son las claves para una buena aclimatación.

Tras unos 7 días de trekking llegamos a Lobuche, el último pueblo antes de ascender a Kala Pattar, el punto más alto del trekking. Este cerro de 5.545 m. de altura se levanta bajo la imponente pirámide del Pumori (7161 m). Desde la cumbre del Kala Pattar tenemos unas vistas excelentes del Everest y de las montañas cercanas.

A pesar de estar bien aclimatados se hace difícil pasar la noche en Lobuche. El aire es pobre en oxígeno y durante la noche no es extraño sacudirse boqueando como un pez fuera del agua. Nos despertamos aún de madrugada, desayunamos algo rápido y, acorazados con nuestros guantes, gorros, chaquetas, cortavientos, etc., salimos al exterior como quien desembarca de una nave espacial.

Afuera hace una temperatura glacial; es fácil que alcancemos los 10 grados bajo cero. Notamos bajo los pies la tierra endurecida por el frío de la noche. En una hora alcanzamos la morrena lateral del glaciar de Khumbu. Ya ha amanecido y el Sol nos da la oportunidad de quitarnos alguna capa de ropa. La morrena es un continuo sube y baja por un camino trazado sobre un mar de piedras.

Llegamos a Gorashep, un lago seco en cuya ribera se levantan 4 ó 5 lodges. Directamente sobre éste se eleva Kalappatar. Un té para reponer fuerzas y comenzamos la cansina ascensión hasta la cumbre. La cima no parece llegar nunca y la subida de los últimos metros entre enormes bloques se hace especialmente lenta. Muchos días de camino y tan sólo unos pasos para alcanzar el punto final. Las banderas de oración nos reciben azotadas por el viento. Algunas bocanadas de aire para recuperar el aliento y estamos en la cumbre. Solamente nos queda girar la cabeza para descubrir en su inmensidad la montaña más alta de La Tierra: el Everest.

INFORMACIÓN PRÁCTICA.

Cuando ir:

El otoño, octubre y noviembre son unas fechas excelentes para. A partir de noviembre el tiempo es estable pero el frío comienza a ser muy intenso. De diciembre a marzo los días suelen ser claros pero tremendamente fríos. Marzo y abril también son buen momento para visitar el valle, coincidimos con la primavera y los bosques de rododendros están bellísimos. De mayo a septiembre el monzón azota el Himalaya de Nepal y es muy mala época para ir.

Como llegar:

Desde España podemos volar con Gulf Air, Qatar Airways, y Thay Airways. También es posible enlazar con Katmandú desde Delhi.

Katmandú:

La capital de Nepal es una ciudad espectacular donde bien merece la pena pasar al menos 3 noches. Hay una amplia oferta hotelera y es una ciudad sencilla para moverse de manera independiente.

Exigencia física:

La adaptación a la altura es el factor que marcha la dureza de este trekking. Hidratarse bien, no ascender demasiados metros en cada jornada y caminar despacio son normas de obligado cumplimiento. Las jornadas rara vez exceden de las 6 horas de marcha si bien la ascensión a Kalapattar (5400 m) se hace dura y saliendo desde Lobuche nos puede llevar unas 11 horas ida y vuelta.

Alojamiento y comida durante el trekking.

Durante todo el trekking encontraremos lodges donde podremos dormir y comer, la comida es buena. En casi todos los alojamientos necesitaremos saco de dormir con temperatura de confort de 0 grados.

Agencias especializadas.

Taranna Trekking organiza viajes de trekking a todo el Himalaya para grupos o a la medida. Gestionan desde los vuelos internacionales, seguros, alojamientos porteadores etc.…

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Enrique González



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