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Entrevista a Jordi Serrallonga en la revista ‘Paisajes’

21 Oct 10    Noticias Tarannà    Tarannà    Sin comentarios

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Jordi Serrallonga
“me fascinaría encontrar el calamar gigante”

Durante ocho meses al año, quizá se levante al amanecer con los hadzabe para preparar sus rituales de caza, o sea testigo de cómo una leona hambrienta esconde nerviosa, por temor a la venganza del hombre, la vaca de los maasai que acaba de cazar. El resto del año, cambia el sombrero de expedicionario por el birrete académico y se dedica a estudiar los orígenes del hombre. ¿Doble vida? No, triple: científico, escritor y guía.

por Rodolfo Chisleanschi

Hay personas para las cuales el mundo no es un pañuelo; personas que decidieron convertir su vida en la chistera de un mago y cada día extraer de ella un asombro, un sueño, una curiosidad, un desafío. Jordi Serrallonga pertenece a ese selecto grupo.

Desde pequeño, en su Barcelona natal, se vio en África buscando los orígenes de la humanidad; o en las Galápagos, siguiendo la huella de Darwin, y no paró hasta lograrlo. Profesor de Prehistoria, Etnoarqueología y Evolución Humana; Director de HOMINID, Grupo de Orígenes Humanos del Parque Científico de Barcelona; investigador de primates, pero sobre todo, viajero incansable, Serrallonga se propuso recuperar el lado romántico del turismo y se convirtió, además, en Guía de Expediciones.

Para dar a conocer algo de lo mucho aprendido en sus periplos, escribe. Regreso a Galápagos. Mi viaje con Darwin (Editorial Niberta) es su última obra. En ella, y también en Los guardianes del lago. Diario de un arqueólogo en la tierra de los maasai y en Viajes y viajeros desgrana sus pensamientos y experiencias acerca de la ciencia, la evolución, el progreso y, por supuesto, el mundo de los viajes.

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¿Hemos evolucionado en algo los humanos desde que bajamos de los árboles?

Cualquier cosa que ocurra con nuestra especie es evolución, tanto biológica como cultural. Tendemos a separar ambas cosas, pero si no tuviésemos grandes cerebros, grandes capacidades cognitivas, no tendríamos la cultura que nos caracteriza. Evolucionamos, pero al mismo tiempo que el resto de las especies, y algunas de ellas se quedan en el camino, porque dentro de la evolución existe también la extinción. Y nosotros mismos podemos estar recorriendo esa senda.

Al hablar de evolución uno imagina avance, camino hacia adelante, y a veces parece que, salvo en lo tecnológico, ese avance sea dudoso.

Evolución no se debe confundir con progreso. Evolucionar es cambiar; será la naturaleza la que, a la larga, nos dirá si eso es positivo o negativo.

Cambio la pregunta entonces, ¿hemos progresado desde que bajamos de los árboles?

Simplemente, nos hemos ido adaptando a las distintas circunstancias del medio. Cuando cambió el clima hace 10.000 años y, por ejemplo, se desecó el Gran Sáhara, nos encontramos con que aquello que cazaban y recolectaban los cazadores-recolectores empezó a escasear. Si como especieno nos hubiésemos convertido en productores habríamos desaparecido. En ese momento se produjo una evolución en función de lo que estaba ocurriendo, como respuesta al medio. La humanidad no va a mejor, sino en función de lo que necesita en cada momento.

No suena especialmente alentador.

Es una cuestión de concepto. Nosotros no sabríamos vivir sin tener vacunas o medicamentos, y pensamos que otras sociedades que no lo tienen están subdesarrolladas o son primitivas, pero no es así, están viviendo en equilibrio con su medio. A un cazador recolector le iría muy mal vivir hasta los 90 años.

Pero no me negará que al viajero occidental le suele resultar chocante la realidad social en ciertas regiones.

La miseria de un pueblo es pasar a vivir de otra manera diferente a como vivía sin haberlo escogido. He escuchado comentarios de turistas que vuelven de un país africano diciendo: “Qué miseria, no estaban asfaltadas las calles, había cabras enfrente de las casas y los niños hacían los juguetes con latas”. Tenemos muy poca memoria histórica.

Yo nací en una zona de Barcelona donde la calle no estaba asfaltada y nosotros nos hacíamos los juguetes, y nunca tuve la sensación de estar en la miseria. Y tampoco esos niños la tendrán mientras tengan a sus padres y comida suficiente.

Un hadzabe o un maasai de Tanzania no está en la miseria porque vive como quiere vivir.

¿Y todavía hay pueblos en condiciones de elegir?

Cada vez son menos los que pueden vencer la presión de la aculturación por medio de otros pueblos que tienen ganado, agricultura extensiva, fábricas…. Sólo lo logran los muy numerosos o los muy orgullosos.

A largo plazo, ¿la divulgación les hace un favor a todos esos pueblos aislados?

Hay pros y contras, pero yo me decanto por los pros, aun sabiendo que no es políticamente correcto. Quedaría muy bien que como científico dijese que tenemos que investigar a esos pueblos, hacer un inventario y dejar todo como está. Pero yo creo que la divulgación es positiva. Si no decimos en qué situación se encuentran, lo más fácil es que acaben extinguiéndose simplemente porque el mundo desconoce que allí hay una cultura que debe ser preservada.

¿Qué papel juega el turismo en la aculturación?

La palabra turismo no es peyorativa siempre que apostemos por la calidad. El turismo es la democratización de los viajes que antes sólo hacían los privilegiados, pero democratización no puede ser igual que masificación, esto sí es un problema.

Pero a veces parece que muchas “tribus primitivas” viven disfrazadas de sí mismas para satisfacer al mercado.

Hay comunidades maasai en las que todos se disfrazan para esperarte y saltar al mismo tiempo. Pero también hay otras donde uno puede entrar ochocientas o mil veces; da igual, ellos siguen impasibles con sus actividades cotidianas.

Gracias a un proyecto de la Universidad de Barcelona que dirige Alejandro Pérez Pérez estuvimos conviviendo con los hadzabe de Tanzania, salimos de caza con ellos, y le aseguro que para convencerse de la autenticidad de sus conductas basta con ver la cara de alegría que se les pone cuando, por ejemplo, encuentran una fuente de miel en una planta. Es impresionante. Y cualquiera se da cuenta de que no están actuando, de que esa es su vida.

¿A sus expedicionarios les lleva a ver este tipo de cosas?

Yo intento que la gente que viaja conmigo se sienta parte de una expedición como las de antes. Me sublevo ante la idea de que haya desaparecido la sensación que podíamos ver en Memorias de África o que se vivía en un viaje de aventuras arqueológicas, o la que tuvo Howard Carter cuando metía la vela en la tumba de Tutankhamon y Lord Carnarvon le preguntaba “¿qué ve allí?”.

Es decir, que el Serengeti no entra en su plan de viaje.

Sí que entra. El Serengeti o el Ngorongoro los conoce todo el mundo, pero incluso dentro de esos parques hay rincones que la empresa o el guía de turno no incluyen en su programa porque quizás no encuentren al rinoceronte o al león, aunque podrían localizar otras cosas fantásticas. Por ejemplo, hace unos años los maasai me descubrieron un santuario sagrado en el que pintan, se reúnen para comer o sacrificar una vaca. Cuando llevas a tu grupo allí y le dices que el santuario era desconocido hasta hace poco, que estamos reconstruyendo las historias ocurridas allí dentro, se sienten unos privilegiados.

¿Alguno de sus expedicionarios ha tenido la tentación de robar un fósil?

Todos. Ahora bien, siempre les explico que un fósil en la vitrina de una casa privada, fuera de su contexto geológico y arqueológico, no tiene valor científico alguno.

¿Qué tiene de especial un guía de expediciones?

No soy un guía de dar charlas de tres horas bajo el sol contando cuánto pesa un elefante. Eso se lee en Wikipedia. Yo estoy allí para explicarles lo que está pasando si ven un rito nupcial o una pelea entre elefantes.

Uno tiende a pensar que ya no nos queda mucho margen para el asombro…

Mire, cuando en la penumbra antes de la salida del sol encontramos un grupo de hadzabe preparando las flechas o tensando el arco para salir a cazar, no hace falta decir nada.

La cara de la gente expresa que están viendo algo único y excepcional, un mito que tal vez creían perdido. Uno puede haber leído mucho sobre Darwin o haber visto muchos documentales, pero cuando aterriza en Galápagos y ve un león marino a escasos metros o una iguana le pasa caminando por encima de los pies, se le caen las lágrimas.

Artículo extraído de la revista Paisajes (Septiembre 2010)



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