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Viaje a Irian Jaya, tierra salvaje

15 feb 17    Cuadernos de viajes, Cuéntanos tu experiencia    Tarannà    Sin comentarios

Viaje a Irian Jaya, tierra salvaje

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Viaje a Irian Jaya, tierra salvaje

Texto: Eduardo Garrido – Fotografía: Xavier Gil

Un pasado reciente de canibalismo junto a un evidente espíritu guerrero son, entre otras, las señas de identidad de los pueblos que habitan en esta región de Indonesia. Inmersos en la Edad de Piedra, resisten en lo más profundo de una selva cuya mayor parte permanece todavía hoy fuera del tiempo y de los mapas.

Nos encontramos en Irian Jaya. Territorio enorme y prácticamente inexplorado, situado en la mitad occidental de la isla de Nueva Guinea (Papúa desde 2002), constituye la mayor y más inhóspita de las provincias de Indonesia. Un mundo olvidado y perdido donde el tiempo se detuvo en la Edad de Piedra y cuyos pobladores, en torno a las doscientas cincuenta tribus, están muy poco o nada acostumbrados al hombre blanco. La compleja orografía, así como una gran cantidad de dialectos, muchos de los cuales pertenecen únicamente a un grupo étnico, han mantenido la desconfianza y los continuos enfrentamientos entre las diferentes tribus. De hecho, se tiene la certeza de que en lo más profundo del interior de la isla, en las zonas selváticas de mayor densidad, todavía queda un número indeterminado de pueblos sin contactar.
Salimos con la intención de encontrar tribus caníbales e incluso, si las circunstancias lo permiten, penetrar más allá de los límites conocidos en los mapas. Singapur, Bali, Jayapura, Wamena. De ahí continuamos trayecto hasta Yaniruma, una aldea perdida en el interior de la jungla, algo así como las puertas al mundo desconocido de los korowai.
Imbuidos por la excitación que produce el hecho de enfrentarse a una empresa de tal envergadura, en cierto sentido nos sentimos como aquellos exploradores que hollaron por primera vez alguno de los rincones más remotos de la tierra. Kombai, dani, korowai, lani, asmat son los nombres de algunos grupos indígenas que pueblan esta región del mundo. Todo en Irian Jaya (tierra caliente y victoriosa) destila un aire salvaje: pueblos caníbales, chozas a más de 30 m de altura en las copas de los árboles, cazadores y cortadores de cabezas, ríos caudalosos, guerreros de fuerza sobrehumana, mujeres que amamantan a cerdos, hombres-cocodrilo… Leyenda y realidad se entrecruzan de tal manera que discernir lo que pertenece a un ámbito o al otro es prácticamente imposible.irian-jaya-taranna-01

El valle de la tranquilidad

Rodeada por montañas de casi 5.000 metros de altura y en una de las zonas con mayor índice pluviométrico de la tierra, Wamena, en pleno valle del río Baliem, es donde se empieza a tomar conciencia del lugar del planeta al que se ha llegado. Caminando por sus calles te cruzas con gente que lleva arcos y flechas, grandes hachas de piedra o cuchillos afilados hechos a partir de los huesos largos de animales, sobre todo del casuario, una enorme ave parecida al avestruz cuyas fuertes garras provistas de tres dedos pueden llegar a matar a una persona sin ninguna dificultad. De complexión fuerte y piel oscura, los dani, etnia mayoritaria en la región, aparecen ataviados únicamente con la denominada “koteka”, una calabaza alargada que les sirve como funda y protección del pene. A pesar de su primitivo aspecto, poseen rasgos melanesio-pigmeoides, en la actualidad se puede decir que son un pueblo pacífico y afable.irian-jaya-taranna-01

Ubicado en una explanada grande bajo un sol de justicia, el mercado de Wamena ofrece, como la mayoría de mercados en lugares similares, un resumen colorido y vistoso de las costumbres y personajes propios del territorio. Además de cantidad y variedad de indígenas, hay también colonos indonesios atraídos a la región por sus expectativas de futuro, así como algún que otro aventurero dispuesto a conocer el valle. Prácticamente la totalidad de los vendedores son mujeres. En muchas de ellas se puede apreciar la falta de varias falanges de los dedos de las manos. Se los amputan ellas mismas, a golpe de hacha de piedra, como muestra de duelo por cada familiar muerto. Una de las mujeres que, bajo un paraguas de colores chillones a modo de sombrilla, ofrece algunas hortalizas se nos acerca y con mucha insistencia trata de vendernos a su hija, una joven de doce años de edad aproximadamente, con el propósito, suponemos, de que tenga una vida mejor en el primer mundo.
Junto a los dani, los yali y los lani habitan desde tiempos remotos el valle del Baliem. Hasta hace poco más de cinco décadas eran feroces enemigos que enfrentados entre sí por rencillas o diferencias acababan en muchas ocasiones en auténticas batallas, en donde los vencedores no dudaban en comerse, literalmente, a sus enemigos muertos. Hay constancia de que en 1968, en un poblado yali, mataron y se comieron a dos misioneros por haber destruido ciertos fetiches. Esta situación de violencia y antropofagia ha ido cambiando paulatinamente a partir de los años sesenta del pasado siglo debido, sobre todo, a la llegada de algunos misioneros. De hecho, en la actualidad, la práctica del canibalismo ha desaparecido por completo en el valle y son rarísimas las situaciones de violencia entre distintos grupos étnicos. Lo que sí mantienen casi intactas son sus costumbres cotidianas así como sus tradiciones y creencias.irian-jaya-taranna-01
Mientras esperamos en el aeródromo de Wamena vemos llegar a una pareja de alemanes, jóvenes, rubios y muy blancos. Su aspecto es el mismo que si volvieran de una batalla. Lo que llama la atención no son sus ropas sucias y embarradas, ni su pelo pegoteado, sino su aspecto demacrado. Ambos tienen una expresión extraña, dura, la mirada entre perdida y asustada, cargada de tensión. Nos cuentan que contrataron a un guía local (un joven dani) para adentrarse unos días en la selva. Al anochecer de la quinta jornada y sin previo aviso se vieron rodeados por un número indeterminado de guerreros, armados con lanzas y arcos y flechas, que visiblemente alterados les gritaban sin parar mientras iban cerrando el cerco sobre ellos. Por fortuna, el guía mantuvo la calma y consiguió entablar una conversación con el cabecilla. Al parecer, la mujer del jefe estaba muy enferma (probablemente afectada de malaria) y querían que les dieran medicinas para curarla y que salieran de su territorio. Les entregaron todas las medicinas que llevaban (antiinflamatorios, antidiarréicos, analgésicos, etc.) y les aseguraron que en ese mismo momento se daban la vuelta por donde habían venido. La chica, entre sollozos y con la respiración entrecortada, nos confiesa que no puede apartar de su cabeza la imagen de uno de aquellos hombres apuntándola directamente con una flecha mientras no dejaba de lanzar gritos horribles. Estaba convencida de que iban a morir ahí mismo.

Las puertas de la Prehistoria

Salimos hacia Yaniruma en una pequeña avioneta. El día radiante y el ambiente límpido permiten disfrutar de unas vistas espectaculares. Dejamos atrás las imponentes moles montañosas que circundan el valle hasta quedar suspendidos sobre un paisaje casi surrealista. Lo único que nuestra vista alcanza a divisar, desde la altura en la que nos encontramos, es una formidable maraña infinita de ríos y selva. Desde esa perspectiva se aprecia el planeta como un ser vivo realmente, con sus ríos enormes a modo de arterias principales desde los que salen, disminuyendo progresivamente de tamaño, ríos menores, afluentes, como vasos sanguíneos y capilares que se esfuerzan en llegar hasta el último rincón para llevar la vida. En más de un momento el piloto nos hace un gesto para señalarnos, en medio de la selva, una casa abandonada en la copa de alguno de los árboles que sobresalen por su altura.irian-jaya-taranna-01
En el barrizal que hace las veces de aeródromo nos esperan algunos de los habitantes de la aldea y una gran cantidad de niños que se apresuran a ayudar en la descarga del equipaje y del material diverso.
Nos hallamos en una región remota, muy alejada, y no sólo por la distancia, del relativo desarrollo y accesibilidad del valle del Baliem. En Yaniruma conviven los indígenas korowai y kombai que los misioneros consiguieron sacar de la espesura de la jungla para crear un asentamiento estable. Se puede ver todavía el edificio de la misión, una casa grande de madera en uno de los márgenes de la aldea, deshabitada desde hace tiempo. Hay quien dice que el último misionero que llegó aquí con su familia no pudo aguantar muchos meses los rigores extremos de la vida en este lugar y se marchó, y quien sostiene que ahí vivió el misionero holandés Van Enk hasta que las autoridades indonesias le negaron la renovación del visado. A pesar de todo se respira un ambiente de cierta calma tensa, probablemente herencia del pasado reciente combativo con cruentas guerras entre ambas tribus.

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A partir de Yaniruma, y ya inmersos por completo en tierra korowai, nuestra expedición continuará a pie durante los próximos ocho días. El pueblo korowai permaneció sin contactar hasta la década de los setenta, con la llegada de misioneros desde los Países Bajos con la intención, infructuosa, de convertir al cristianismo a estos pueblos salvajes. En realidad continúan aferrados a sus ancestrales creencias en las que se asocia un espíritu maligno, que podría llegar a destruir su mundo, con el hombre blanco. Incluso temían cruzar la mirada con un blanco por miedo a quedar endemoniados y llevar la maldición a su pueblo. Aunque sus lenguas son completamente diferentes, las costumbres y modos de vida de los korowai y los kombai son casi idénticos.

Cara a cara con el hombre primitivo

Embarrados y mojados, continuamos hora tras hora nuestro trekking por terreno cenagoso acosados por toda clase de insectos. Enormes raíces y árboles tumbados nos bloquean el paso en más de una ocasión. Llegamos a una zona con cientos de árboles cortados y esparcidos por el suelo que abren un claro en la espesura alrededor de las casas korowai. Estamos en Davol y ayudados por nuestros guías (Igtun y Yesaya, de etnia lani) entramos en contacto con el cabeza de familia. Los trozos de madera con que los hombres se atraviesan la nariz contribuyen a potenciar el aspecto fiero que presentan. Van completamente desnudos excepto el pene que lo envuelven con una hoja a modo de protección. Las mujeres se cubren con una falda hecha con corteza de árbol y portan una especie de red a la espalda, noken, donde acostumbran a llevar a los niños. Muchas de ellas lucen escarificaciones por todo el cuerpo. Algo recelosos al principio, parece que tras ofrecerles tabaco y regalarles algún mechero se van relajando.Viaje a Irian Jaya, tierra salvaje
Por primera vez tenemos la oportunidad de ver las casas construidas en las copas de los árboles, algunas de ellas incluso superan los 40 metros de altura. Se trata de casas de considerable tamaño para estar donde están. Son varios los motivos para tener sus viviendas en las alturas, por una parte les aísla de la gran humedad del entorno así como del Anopheles, el mosquito que transmite la malaria, y por otra les permite avistar a sus enemigos con suficiente antelación. Estas casas suelen durar poco más de tres años antes de ser devoradas por las termitas y la humedad de la selva. Hombres y mujeres comparten el mismo techo aunque en espacios separados y nunca mantienen relaciones sexuales en la vivienda. Conviven con perros y cerdos, ambas especies forman parte de su dieta si bien las reservan para ciertas celebraciones.

Viaje a Irian Jaya, tierra salvaje
Conocen cada rincón de la selva y dónde conseguir el sustento a través de la caza, en especial de pequeños mamíferos y del casuario, del que aprovechan la carne, los huesos y las plumas. Asimismo, pescado, huevos, sapos e insectos forman parte de su dieta. El alimento principal en la vida de los korowai y de los kombai es, sin duda, el sagú. Se trata de una palmera cuya madera la utilizan como material de construcción y la médula la machacan hasta convertirla en pulpa que se amasa con agua para conseguir una especie de tortas. Asimismo, las larvas del escarabajo del sagú, que hacen sus nidos en las porciones podridas del árbol, son unos gusanos de considerable tamaño y que envueltos en hojas y puestos al fuego constituyen un verdadero manjar. Por supuesto, y como la mayoría de los trabajos, todo el proceso que requiere la elaboración del sagú (machacado, filtrado, amasado, etc.) lo realizan las mujeres.irian-jaya-taranna-01

Cultura y tradiciones ancestrales

Un día más de caminata entre troncos flotando sobre aguas pantanosas y nos encontramos en otra pequeña aldea korowai, Hayanop, donde conviven varias familias. En realidad dedican la mayor parte de su tiempo a buscar el sustento diario y, por llamarlo así, a la ceremonia del sagú. Durante el día, el calor y la humedad son insoportables y la mayor parte de las noches llueve torrencialmente con una virulencia estremecedora. Llenos de contraste y matices, el espectáculo de color al caer el día es difícil de describir. Rojos intensos, púrpuras, morados, violetas, malvas, atravesados por toda la gama de naranjas, así es como se despide de nosotros cada día el inmenso cielo. Dos jornadas más sin ver a nadie, tan sólo alguna casa abandonada en la copa de un árbol a más de 25 metros de altura. Al cansancio acumulado se le añade la tensión creciente por estar cada vez más metidos en la profundidad de la selva. Sabemos que el uso del arco en Irian Jaya está a la orden del día. No sólo para cazar sino para combatir con otros poblados por cualquier motivo por nimio que pueda parecer. Utilizan el bambú para fabricar las flechas que impregnan del veneno que extraen de ciertas plantas. Según el uso que le vayan a dar a la flecha la punta tiene diferente terminación. Las que acaban en tres puntas están destinadas a cazar pájaros, una sola punta para mamíferos y con la punta en forma de sierra para las personas. Tenemos noticias de que muy adentrados en la selva, en territorio prácticamente inexplorado, se encuentran pueblos muy hostiles. Es el caso de los korowai batu, clan que rechaza toda aproximación de manera muy violenta y que todavía hoy mantiene la práctica del canibalismo.
En Yengel, otra aldea korowai, algunos de los hombres lucen un llamativo adorno en su nariz. Aparentemente son dos finas varas, largas y flexibles, con las que atraviesan ambas aletas nasales, y que en realidad las consiguen de las alas de los murciélagos. Supersticiosos y desconfiados con todo lo que viene de fuera, de hecho son auténticos pueblos primitivos cuyas costumbres y tradiciones son, en algunos casos, de un salvajismo extremo. Por ejemplo, cuado una mujer daba a luz a su primer hijo, lo mataba y lo despedazaba sobre una piedra. El cadáver se lo daban a comer a los cerdos para que ningún espíritu maligno, atraído por los restos del inocente niño, trajera desgracias al pueblo. La mujer debía amamantar durante un año, como mínimo, a un cerdo pequeño y demostrar así que podía llegar a ser una buena madre. A partir de ese momento la tribu, ante la evidencia, le autorizaba a tener más hijos.

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Por fin llegamos a Basman, punto final de este tramo de la expedición. A partir de aquí y a través de muchas jornadas de navegación fluvial, atravesando territorio asmat hasta la costa (cuyo relato dejaremos para otra ocasión), emprenderemos el camino de regreso. A la orilla del río Daeram Kabur, Basman fue construido por los misioneros para acoger a todas aquellas familias que quisieran salir de la selva. El hecho de que desde hace años muchos de ellos han tenido contacto con el hombre blanco, sobre todo misioneros, hace que algunos grupos indígenas se planteen vivir más tranquilos en un poblado sedentario dejando atrás las inclemencias de la jungla, las batallas cruentas, los problemas para alimentarse, etc. Tanto algunos grupos kombai como korowai empiezan a ver la parte positiva a una vida sedentaria en un poblado.
Con gritos y enorme algarabía, un grupo numeroso de niños juegan felices en el río. Alguien pregunta por los cocodrilos y nos dicen que sí, que todos estos ríos son muy peligrosos precisamente por la gran cantidad de este tipo de reptiles que habitan en ellos. Efectivamente, nos detallan, el cocodrilo de Nueva Guinea (Crocodylus novaeguineae), endémico de la isla, está por todas partes. Tiene un tamaño de entre 3 y 3,5 metros y es muy agresivo. El problema es que no le teme a nada excepto, en las regiones costeras, al cocodrilo marino (Crocodylus porosus), conocido también como cocodrilo de agua salada o cocodrilo poroso y por ser el reptil más grande del mundo, los machos pesan entre 1.000 y 1.500 kg y pueden alcanzar una longitud de 7 metros.
Tras esta explicación y sin dejar de mirar a los niños, se produjo la siguiente conversación con un indígena:
– Pero ¿no hay cocodrilos aquí?
– Sí, y algunos son enormes.
– Entonces ¿cómo es que los niños se están bañando?
– Porque ahora no están.
– ¿Cómo lo sabes?
Miró extrañado y respondió:
– Porque los niños están en el río.

Mantienen un vínculo con la naturaleza y poseen una percepción de su entorno que va más allá de lo comprensible para nosotros. A pesar de todo, Irian Jaya está cambiando. El gobierno indonesio no quiere convertir la región en una reserva de tribus salvajes donde los turistas vengan de visita. Hay un proyecto de construcción de carretera, nuevos asentamientos, pequeñas empresas empiezan a instalarse y, lo que probablemente sea más importante, muchas personas de estas etnias empiezan a ver con muy buenos ojos la idea de cambiar de vida.

 


 

Rockefeller entre caníbales

“El lunes 20 de noviembre de 1961 se conoce la noticia de la desaparición de Michael Rockefeller en Nueva Guinea (colonia holandesa disputada en ese momento con Indonesia), mientras participaba en una expedición de carácter científico, patrocinada por la universidad de Harvard. El joven antropólogo, bisnieto del famosos millonario estadounidense John D. Rockefeller, conocido como “el rey del petróleo”, e hijo de Nelson Rockefeller, gobernador republicano del estado de Nueva York y futuro vicepresidente de Estados Unidos, huyó de la vida fácil que su apellido le hubiera podido proporcionar. Trabajó en una gasolinera para costearse sus estudios y en 1960 se licenció en antropología por la universidad de Harvard.
En el momento de su desaparición, el joven Rockefeller, de veintitrés años, iba acompañado de un antropólogo holandés, René S. Wassink, y dos guías locales. Se encontraban en la costa sur de la isla a bordo de una pequeña embarcación, con la intención de llegar a territorio asmat y documentar un ritual propio de esa etnia conocido como “Festival de los muertos”.
Casi sin tiempo a reaccionar se encontraron bajo una torrencial tormenta. Sufrieron una avería en el motor y quedaron a la deriva. Además de hallarse en aguas plagadas de tiburones, lo que tenían ante sí era una zona pantanosa y de manglar infestada de cocodrilos y en cuyas costas habitaban tribus de cazadores de cabezas. En esas circunstancias extremas decidieron que lo mejor sería que los dos guías trataran de alcanzar la costa a nado y pedir ayuda. Pocas horas después, al ver que el rescate esperado no llegaba, el joven Rockefeller, impaciente, improvisó una especie de barca-flotador con dos bidones y se lanzó al agua. Su compañero, René, permaneció en la embarcación y fue rescatado dos días después por una patrulla de la Real Armada holandesa.
A partir de ese momento se pone en marcha la operación de búsqueda. El padre y la hermana gemela de Michael viajan hasta Nueva Guinea y se encuentran con René Wassink. El ejército holandés (la isla era colonia holandesa todavía), unidades de la VII Flota estadounidense y más de 7.000 hombres de la zona que fueron movilizados buscaron sin descanso por tierra, mar y aire al joven desaparecido. Sólo se encontraron los dos bidones con los que el antropólogo se había lanzado al agua. Tras una semana de rastreo infructuoso se suspendió el operativo de rescate. Desolados, su hermana y su padre regresaron a Nueva York. Tres años después se le daba oficialmente por muerto.
El 28 de marzo de 1962 el diario ABC, en su página 85, titulaba: El joven Rockefeller fue devorado por los caníbales:
“La Haya, 27. Un misionero holandés informa en una carta que Michael Rockefeller (…) fue devorado por caníbales, según dice el periódico de La Haya Haagsche Courant. El misionero, W. Hekman, ha escrito a un tío suyo, residente en Holanda, y en su carta dice: ‘Acabo de enterarme que Michael alcanzó la costa a nado, pero que la población asmat de la aldea de Otianep le mató, le despedazó luego y se lo comió’. La carta añade que el hecho ha sido contado por otros pobladores de la aldea, y han facilitado los nombres de personas que tienen en su poder el cráneo y diversos huesos de Michael Rockefeller. El Haagsche Courant dice que, de acuerdo con la carta de Hekman, la mayoría de la población de aquella isla se abstiene de ir a la localidad de Otianep, a causa del canibalismo de parte de sus habitantes. –Añade el diario que un amigo norteamericano de la esposa del misionero protestante fue devorado hace poco tiempo por los mismos indígenas.– Efe.

 


 

Experiencia al límite

Quien escribe estas líneas tuvo el desagradable honor de contemplar con sus propios ojos y muy de cerca, demasiado cerca en realidad, una escena, como mínimo, poco habitual. Me encontraba en una canoa con dos korowai, un padre y su hijo, que debía tener unos ocho años, navegando por un río en mitad de la selva. En un momento determinado acercan la canoa a la costa, a través de cuya tupida vegetación es imposible ver nada, y empiezan a proferir unos alaridos, más propios de alguna extinta especie animal que de seres humanos, que me dejan absolutamente paralizado. Los chillidos-aullidos, como si de un grito de llamada se tratara, continúan en aumento a la par que mi desasosiego. De repente, como una aparición, un guerrero, salido de la espesura de la selva, se planta a un metro escaso de la canoa. El korowai recoge un saco del fondo de la embarcación, cuyo contenido no tuve ocasión de ver, y se lo entrega al guerrero quien a su vez, entiendo que como pago por la mercancía, tira a la canoa algo que no consigo identificar porque me acabo de dar cuenta de que el guerrero, cuyo aspecto fiero y agresivo es aterrador, tiene un arco tenso hasta el límite con su correspondiente flecha encarado hacia nosotros.irian-jaya-taranna-01 Tardo unos segundos en percatarme de que en la canoa, el padre y el hijo se han avalanzado literalmente sobre lo que el indígena les ha lanzado: un trozo enorme de perro, recién cortado por la mitad, chorreando sangre. Cual dos alimañas hambrientas, como si llevaran días sin comer, dan mordiscos entre gruñidos a aquella carne cruda en la que todavía se aprecian vísceras colgando. La sujetan con fuerza con ambas manos mirándome de reojo amenazadoramente. Semejante visión, unida a la tensión del momento más las horas transcurridas bajo un sol indescriptible me obligan a recostarme en la canoa buscando refrescarme en el agua del río. En ese momento tomo conciencia del silencio que nos rodea. Estamos en mitad de la selva y no se oye nada, absolutamente nada. Levanto la cabeza empapada y abro los ojos de nuevo. Cuatro o cinco guerreros más, en actitud poco amistosa, nos están apuntando con sus arcos directamente a la canoa. Así estuvimos hasta que mis anfitriones dieron por concluida su comida y con las manos y la cara rezumando sangre nos alejamos por el río.Viaje a Irian Jaya, tierra salvaje



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