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PASOS DE BAILE EN EL HIMALAYA.

30 mar 10    Cuadernos de viajes    Tarannà    3 comentarios

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Dancing al olor de la sopa

A Ramón lo que de verdad le gustaba era bailar. Cada noche durante la cena, mientras sus pies seguían el ritmo de la música nepalesa que llegaba desde la radio de la cocina, Ramon se preguntaba qué diablos hacía el sudando día tras día camino del Campo Base del Everest. La respuesta estaba al otro lado de la mesa: Una amplia sonrisa y dos chispeantes ojos negros, todo ello enmarcado por una cascada de rizos cobrizos que a Charo le caían hasta los hombros.

Ramon estaba enredado en esta aventura no por el amor a las montañas sino por el amor a su mujer. Ya pasaban de la cincuentena, se querían y se habían decidido a visitar el Himalaya por primera vez. Les acompañaban otras dos parejas que amaban las montañas tanto como Charo. Ramon sin embargo, se había visto arrastrado al Himalaya por sus amigos a los que el, con sorna, se refería como “los magníficos” mientras estos le adelantaban con zancada amplia y a ritmo constante en las empinadas laderas del Valle de Khumbu. Los “magníficos” vestían los atuendos propios de estos viajes, ropa de vivos colores y última generación para protegernos de las inclemencias del tiempo. Ramón sin embargo, había volcado su baúl de los recuerdos para encontrar los ropajes adecuados para el trekking. Su indumentaria era una mezcla de traje de buscador de setas, pescador de fin de semana y paseante ocasional, todo ello en sobrios tonos caqui.

Me gustaba quedarme al final del grupo acompañando a Ramón, siempre tenía una historia que contar sobre el mundo del baile, los pasos del foxtrop, la elegancia del vals, el ritmo frenético del twist. Ramon bailaba todos los fines de semana sin excepción, siempre acompañado de Charo. Recorrían toda la península buscado encuentros de baile, maratones de country, cursos de claque etc.… Ramón tocaba todos los palos y sus ojos se entornaban cada vez que hablaba de la música y el baile transportándose desde aquellas masoquistas cuestas Himalayicas a los salones de baile de San Sebastián de los Reyes donde vivía con su Charo.
Su melódica conversación solo se interrumpía cuando sus amigos los “Magníficos” y Charo le adelantaban en fila india a paso de pelotón militar. Entonces Ramon regresaba de su mundo de pasos acompasados, bolas de espejo y pistas de baile; ya reubicado de nuevo en el Himalaya, con los brazos en jarra lanzaba improperios a sus amigos que ya se alejaban raudos monte arriba. Ramon perdía entonces la respiración, y su corazón se aceleraba. Con el torso combado hacia delante, entre estertores buscaba ese oxigeno que en altura las montañas se empeñan en robarnos. En mi calidad de guía del grupo intentaba buscar las palabras adecuadas para ayudarle a volver a la calma: “Ramón, respira, tranquilo, mantén el ritmo, poco a poco, tranqui….es todo cuestión de cabeza”; el desde su posición encorvada giraba la cabeza y me miraba con profundo odio al ser yo, de alguna manera, también parte de aquel complot que entre su amada Charo, los “magníficos” y yo habíamos tejido para llevarle a esas inhóspitas latitudes.

Así pasamos 12 días de trekking, cuestas arriba, cuestas abajo, grandes montañas, explicaciones sobre distintos bailes de salón y en la cena fondo de música tibetana que Ramón ya deseaba bailar.

Llegamos a Katmandú y la comodidad del hotel y el agua caliente de la ducha se llevo por el desagüe las asperezas entre Ramón, los “Magníficos” y el Himalaya. La cena fue pantagruélica, Ramon disfrutó más que Gene Kelly en “Cantando bajo la lluvia”, se le veía locuaz y animado; el trekking del Everest parecía un lejano mal sueño.

Salimos del restaurante y la estridente música de una discoteca hizo que las orejas de Ramón se pusieran de punta como las de un foxterrier buscando una presa. Antes de que hubiéramos cruzado dos palabras Charo y Ramon ya negociaban con el portero de la discoteca nepalí.
En cuestión de segundos nos vimos compartiendo pista de baile con jóvenes nepalíes que trataban de conquistar, con bufonescos movimientos de baile, a las impasibles chicas locales que se dejaban cortejar con forzada indiferencia.

Así transcurrieron las horas, todos habían regresado al hotel y los últimos que aguantábamos el tirón éramos Ramón y yo. Tras 12 días de trekking a mí el físico ya no me daba para más y observaba destrozado como Ramón, a sus casi sesenta años, se hermanaba en la pista de baile con toda aquella chiquillería nepalí. Estaba sentado en un butacón de la discoteca frotándome las rodillas tratando de recuperarlas de los últimos compases del Like a Virgin de Madona. Yo no veía el momento de volver al hotel y le hice un ligero gesto a Ramon denotando mi agotamiento, junte las palmas de las manos como si estuviera rezando y las apoye contra mi mejilla a modo de almohada en clara señal de irnos a dormir.
Entonces Ramón se me acerco atravesando la pista de baile, con paso amplio, el torso ligeramente inclinado hacia atrás y los hombros bamboleándose a izquierda y derecha al ritmo de la música. Se agacho y me susurro al oído: “Enrique, respira, tranquilo, mantén el ritmo, poco a poco, tranqui….….es todo cuestión de cabeza”.

La venganza es un plato que se sirve frío.



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