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El Mundo es un Pañuelo. Viaje a Polinesia

23 jun 16    Vivencias y anécdotas de viaje    Tarannà    Sin comentarios

El Mundo es un pañuelo. Viaje a Polinesia

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¿Quién no ha utilizado alguna vez la expresión popular que titula este relato cuando se ha encontrado inesperadamente con alguna persona en un lugar y un tiempo inverosímiles? Esto es realmente especial cuando nos sucede en algún viaje, puesto que cuanto más lejos de casa nos hallamos, más difícil e improbable es tener la oportunidad de emplear este dicho. Yo mismo un día me quedé atónito al cruzarme con los padres de un amigo íntimo de mi hijo cuando visitábamos un palacio en Viena en un viaje de vacaciones. Claro que aún se producen encuentros más extraños y espectaculares, como por ejemplo el de Tarzán con la mona Chita, porque mira que es difícil teniendo en cuenta la cantidad y la inmensidad de las selvas que hay en África. Hace unos cuantos años, en un lugar relativamente pequeño, pero en uno de sus viajes más lejanos, Albert pudo comprobar que se hallaba dentro del mencionado pañuelo. Un pañuelo que resultó increíblemente grande por tantas coincidencias como acogió.


Albert, viajero por vocación y por convicción, ya con un amplio bagaje a sus espaldas, en el año 1990 emprendió lo que representaba un gran sueño para él: ir de viaje a la Polinesia. Las circunstancias favorables del momento, sobre todo gracias al trabajo de bastante tiempo y de los consecuentes ahorros realizados, le permitieron disponer de un mes y medio para visitar las islas de nuestras antípodas. Tan agradable fue para él aquella experiencia que desde entonces ha vuelto a viajar hasta aquellas latitudes quince veces más y el placer que le produce nunca decrece, porque siempre reencuentra el mismo espíritu que lo cautivó aquella primera vez.

EL PARAÍSO DE LA POLINESIA

El Mundo es un pañuelo. Viaje a PolinesiaEsta maravillosa parte del mundo que cuenta con más de mil islas –de muy distintas características y extensiones– diseminadas entre el Pacífico central y el meridional, además de una gran cantidad de atolones, es verdaderamente un regalo sensacional para los ojos y todos los sentidos de los que tienen la suerte de visitarla. El mar que baña la Polinesia es de un maravilloso color turquesa con fondos de coral que producen preciosos reflejos irisados continuos. Las playas, muchas de ellas solitarias, son de arena blanca y aguas poco profundas. En el interior de muchas islas se encuentran magníficas selvas de color verde esmeralda. Todo, en conjunto, representa lo más parecido a lo que la imaginación occidental considera como un paraíso en La Tierra, así que un viaje a Polinesia es de auténtico ensueño.
Empezando a saborear y satisfacer sus ansias de conocer el Pacífico Sur, nuestro hombre disfrutaba de un paseo relajante por el boulevard Pomare, el paseo marítimo de Papeete, la capital de Tahití, la isla principal y más grande de la Polinesia francesa. Andaba cavilando cuáles serían sus próximos pasos y qué opción elegiría primero: se iba a otra isla grande para practicar trekking por algunas sendas interiores vírgenes, o decidía ir a una isla pequeña y gozar de alguna playa desierta.

LA PRIMERA COINCIDENCIA

Entonces su mirada se fijó en un hombre, más o menos de una edad similar a la suya, que venía caminando en sentido contrario. Observando su apariencia física –moreno, bajo y un poco regordete, bigote negro, etc.– pensó que probablemente era europeo del sur y muy posiblemente español, así que cuando estuvo a su altura, Albert decidió preguntarle si efectivamente era europeo o español. El hombre le respondió taxativamente. “Me llamo Josep María y soy de la calle Muntaner”. Primera prueba del pañuelo que es este mundo. Albert, sorprendido y al mismo tiempo divertido por aquella respuesta espontánea y tajante, le devolvió la sorpresa al decirle que él era del barrio de Gracia. Lógicamente, la coincidencia –ya no solo de país sino también de ciudad– hizo que ambos establecieran conversación e iniciasen un trato de amistad.
Josep María informó a Albert que tenía noticias de que una réplica de carabela española estaba en la isla de Huahine y ambos decidieron partir hacia allí para verla. Por la mañana siguiente, Albert tomaba un avión-car que le transportó al lugar; un día después llegaría el otro hombre.
Ya en Huahine, nuestro protagonista se alojó en una pensión con el mismo nombre que la isla. El recuerdo entrañable de aquella pequeña posada siempre le acompañará y no precisamente por las comodidades que ofrecía. El establecimiento constaba literalmente de cuatro paredes, unos bastos agujeros servían como ventanas, había una especie de letrina común en el pasillo y poca cosa más. Dos jóvenes hermanos franceses regentaban la pensión y su trato, sus atenciones y el espíritu especial que se respira en aquellos parajes, hicieron que la estancia resultase más que agradable.El Mundo es un pañuelo. Viaje a Polinesia
Para ducharse, es un decir, era necesario ir a bañarse a la playa de maravillosas aguas cristalinas y color turquesa. Allí el agua del mar sirve para limpiarlo todo. Sí, el pequeño inconveniente es que te queda un rastro de sal en el cuerpo, pero uno se acostumbra a todo. Además, cuando hacía falta, en el jardín disponían de una manguera para echarse agua por encima. El desayuno también se solucionaba al lado de la playa, de forma sencilla, tomando alguna banana o algún mango de los árboles que te lo ofrecían de manera incondicional y espléndida.
Para cenar, el joven francés de la pensión, muchas veces proponía ir a pescar y preparar algo de comer con lo que pescaran. Nunca fallaba, siempre se lograba el objetivo. Albert recuerda una noche –allí el cielo se oscurece ya a las cinco de la tarde– que cogieron tantas almejas que comieron casi hasta reventar. Tampoco ha olvidado nunca el ponche que preparaban los dos hermanos con: ron, lima, vainilla y hielo picado. El brebaje entraba como si nada pero después ocasionaba más de una pea espectacular. Todo fácil, bonito, compartido, entrañable.

ENTRE PAISANOS EN LAS ANTÍPODAS

El Mundo es un pañuelo. Viaje a PolinesiaVolviendo al motivo de la visita a Huahine, tras reencontrarse con Josep María, los dos viajeros fueron a visitar la carabela que estaba anclada en otra parte de la isla. Para llegar a ella tuvieron que efectuar una travesía por el interior. Esto fue bastante peculiar y meritorio, puesto que fue preciso superar los obstáculos que la naturaleza, con todo su derecho, había instalado en el camino.
La tripulación de la carabela española, por lógica aplastante, la constituían españoles de diferentes sitios de procedencia. Habían zarpado de las islas Canarias hacía ya cincuenta meses –¡más de cuatro años de viaje!–, atravesado todo el Atlántico, el canal de Panamá, el Pacífico entero y su destino final previsto era llegar a las Filipinas. Naturalmente que realizaban largas estancias en varios lugares del extenso viaje, tanto para conocerlos y disfrutarlos, como para poder ir manteniendo a punto la embarcación. Continuamente era necesario efectuar las reparaciones que la vetusta carabela iba precisando, tarea esta de gran mérito sin ningún tipo de dudas. Aquellos esforzados jóvenes eran unos auténticos aventureros, más que preparados para llevar a cabo aquella odisea. Albert recuerda especialmente a uno de los tripulantes, canario, que parecía un auténtico Tarzán por su físico –tal vez por esto y en honor a él hemos hablado del encuentro entre Tarzán y Chita al principio de la narración– con el que ha seguido manteniendo relación a lo largo de los años, sobre todo porque en una nueva exhibición del carácter de pañuelo del mundo, años después, se encontraron por sorpresa en el salón náutico de Barcelona, donde rememoraron aquel viaje a Polinesia.
Como era factible que sucediera, todos formaron una auténtica piña y los dos viajeros fueron invitados a bordo. Dos semanas pasaron recorriendo islas polinesias con ellos. Realizaban filmaciones submarinas y Albert disfrutó mucho participando en algunas inmersiones junto a aquellos jóvenes marinos. Dentro de las claras aguas de aquellos mares podía contemplarse un panorama de colores excepcional entre las formaciones coralíferas y los peces de incontables especies. Jamás olvidará un tiburón que pasó por su lado prácticamente rozándole, sin que tal hecho supusiera ninguna amenaza, ya que el imponente pez iba a su aire. No existían motivos para temer aquel encuentro, el tiburón no era malintencionado, aunque también es justo reseñar que tampoco era demasiado sociable porque no se dignó ni a dar los buenos días.El Mundo es un pañuelo. Viaje a Polinesia

UN VIAJE A POLINESIA INOLVIDABLE CON CONVIVENCIA Y ARMONÍA

La convivencia y el ambiente de hermandad en la aventura con los cuatro tripulantes de la carabela, más el viajero coetáneo barcelonés conocido en Papeete, hicieron valorar a Albert que había sido una auténtica suerte que el mundo fuera un pañuelo, pero aquel era un pañuelo muy grande y aún faltaba un último encuentro. Apareció un imponente barco con dieciocho metros de eslora, propiedad de un señor de Huelva que hacían navegar tres tripulantes, con lo que se elevó hasta diez el número de personas de la misma nacionalidad que coincidían exactamente en el lado opuesto del mundo. Ni efectuando un enorme agujero que atravesara de lado a lado nuestra esfera terráquea, donde se pudiera caer dentro, hubiera ido a parar tanta gente ahí. En aquellos días, en aquella pequeña isla de la Polinesia francesa, casi moraban más habitantes de la nacionalidad de los diez hombres, que nativos o de otras procedencias.El Mundo es un pañuelo. Viaje a Polinesia
No es nada raro que diez hombres solos y en condiciones de aventura y libertad celebren algún tipo de fiesta para beber juntos; hacerlo con mesura no es ningún delito ni tampoco lo es excederse alguna vez si uno no lo tiene por costumbre y lo transforma en un hábito. Una buena borrachera entre amigos, con alegría y sin malos rollos, permanece siempre como un recuerdo especial y más si es una anécdota de un viaje realmente memorable. Albert califica aquella ocasión como la trompa mayor que ha cogido en su vida, cuando el opulento patrón onubense los invitó. Empezaron a surgir cajas de un extraordinario vino de Rioja. El anfitrión no dejaba de sacar cajas y más cajas que el grupo –demostrando su gratitud y su exquisita educación– fue vaciando una tras otra. Noche memorable e inolvidable, por la cogorza agarrada –sí– pero sobre todo por el indeleble recuerdo de todo lo que compartió con aquellos hombres.El Mundo es un pañuelo. Viaje a Polinesia
Dejando aparte los innumerables y fantásticos lugares visitados –a cual más sensacional– imposibles de describir en el presente relato, Albert siempre recordará este viaje como una de las historias más emotivas que ha vivido y que le dejó un impacto imborrable. Como ya se ha comentado antes, después de aquel viaje ha repetido hasta quince veces más recorriendo los paradisíacos parajes que siempre encuentra en sus viajes a Polinesia. Nunca se harta, ya que siempre que regresa puede captar la firmeza del espíritu maorí, de la gente que allí ha nacido y la que ha decidido arraigar su vida en aquellas tierras donde, mires donde mires, siempre se vislumbra el precioso mar que te envuelve. Su experiencia ha desembocado en una dedicación profesional con Tarannà Viajes en la que su especialidad son los viajes por Oceanía.
Gracias a su larga experiencia, tanto antes como después de este viaje, ha podido comprobar varias veces que el mundo es un pañuelo, pero nunca ha encontrado uno tan grande como aquel que reunió hasta diez almas con raíces comunes, aunque valorándolo en su justa medida, es evidente que las raíces les unían más por el espíritu que no por su lugar de nacimiento.El Mundo es un pañuelo. Viaje a Polinesia



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